Milena Nara afincada en Toro (Zamora) relata la situación vivida por su familia en Caracas, una zona muy próxima a La Guaira

“Han desaparecido en los terremotos una cuñada, una sobrina y dos bebés”

Milena Narváez, venezolana de 61 años, afincada en Toro (Zamora), recibió la información que su hermana le daba por teléfono desde Caracas cuando empezó el terremoto de magnitud 7,2 en la escala de Richter que, junto con el segundo seísmo, de 7,5, asolaron parte del norte de Venezuela.

Milena lleva cinco años en España y se dedica al cuidado de personas mayores. Nació en el estado de San Fernando de Apure, ubicado a algo más de 400 kilómetros al sur de Caracas y no mucho más lejos de La Guaira, una de las zonas más afectadas por los terremotos que, por el momento, han provocado 235 muertes, 4.300 personas heridas y cientos de desaparecidas.

“Recibí la noticia a las doce y cuarto de acá, aproximadamente, las seis de la tarde, hora venezolana. Mi hermana me llamó enseguida y me contó que había un terremoto, lo que estaban viviendo. Algo terrorífico. Se desmoronan los edificios que tiene alrededor de la torre donde ella vive”, explicó, en declaraciones a la agencia ICAL.

“Es algo inexplicable. Algo que se vive con el alma, con el corazón, con un sentimiento de impotencia que no te puedes imaginar. Recibir la noticia de lo que ha pasado en mi país a través de mi familia, con la desesperación de mi hermana, que viven justo al lado de las zonas del desastre, y que sienten ese terror y nadie podía ayudarles es de lo más cruel”, relató.

Su hermana y sus sobrinos se encuentran bien pero, tras el segundo seísmo y una veintena de réplicas, desconoce el paradero de familiares directos de su esposo. “Está desaparecida una cuñada, una sobrina y dos bebés. Hemos hecho ‘flyers’ para intentar encontrarles. El resto de mi gente está bien, dentro de lo que cabe, porque, gracias a Dios, hubo daño material pero no humano”, indicó.

“Hay mucho dolor”, asegura a ICAL, con la voz entrecortada. “Mi madre, que tiene 88 años, vive en Apure, que es una zona plana y tranquila, pero mi hermana y mis sobrinos están en Caracas, en el estacionamiento del Hospital cercano a su casa, que es donde han podido pernoctar porque, aunque la torre en la que viven no se derrumbó, las tuberías han hecho daño grande y han inundado los pisos”, explicó.

“Hay personas pegando gritos. Me dice mi hermana que había vecinos atrapados que gritaban pero que han dejado de hacerlo y que ya no hay mucha esperanza por ellos. Hay mucha necesidad de maquinaria. Nosotros no estábamos preparados como país para afrontar esta contingencia tan fuerte”, concluyó.

 

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