A inicios de 1926, el mismo mes de enero, la Patronal del Comercio de Salamanca fue capaz de cristalizar el viejo anhelo de constituir su propia cofradía y ‘elevar’ así al raso de las calles su pasión de comerciantes. A las 20.00 horas del 1 de abril, Jueves Santo, dio sus primeros pasos en Compañía. El cortejo atravesó entonces García Barrado, hoy la Rúa Mayor, y llegó a la Plaza Mayor por Quintana. Viró después por el Corrillo y regresó por la calle Meléndez al son de la Banda del Regimiento de la Victoria.
La Seráfica Hermandad de Nazarenos del Santísimo Cristo de la Agonía cumple 100 años de esplendor en las calles de Salamanca a lo largo de un viaje en el tiempo desde la opulencia de su otrora pujanza económica hasta su consolidación como cita imprescindible en la Semana Santa salmantina. Ninguno de los pasos que desfilaron entonces permanece hoy en andas, pero sí la vieja devoción de Indias que el escultor salmantino Bernardo Pérez de Robles talló en nogal del Perú para el Cristo de la Agonía de los padres capuchinos que sirvió de base para la nueva hermandad.

Junto a él, desfilaron en aquel cortejo primigenio un Prendimiento de Ángel Cantos, en cartón piedra, y una Dolorosa, propiedad de las agustinas, obra de Salvador Carmona. Tras la segunda República, periodo durante el que se suspendieron las procesiones, las monjas retiraron su permiso para sacar esta imagen a la calle, así que la Seráfica tuvo que ponerse manos a la obra y encargar una nueva virgen. Dicha encomienda le fue solicitada al entonces director de la Escuela de Artes y Oficios de San Eloy, Inocencio Soriano Montagut.
Cuentan las crónicas, según recoge en ‘Salamanca del ayer’ José María Hernández, historiador de referencia del comercio local salmantino, que el escultor catalán llamó a su taller a las jóvenes de la ciudad para servir de modelo. El rostro, parece ser, pertenece a una tintorera de la calle Toro, llamada Ramona Serra Hernández, por lo que ‘la Ramona’ o ‘la Tintorera’ son los apelativos cariñosos que aún hoy acompañan a la virgen. Las manos, dicen, están inspiradas en las de una aprendiz de modista llamada Andrea Núñez Rivas. Se puso por primera vez en la calle en 1940.
Con su nueva dolorosa, la hermandad continuó un crecimiento imparable e incorporó, con el paso de los años y el esplendor de los comerciantes, dos nuevos conjuntos escultóricos. Jesús ante Pilato, del bejarano Francisco González Macías, que salió por primera vez el 25 de marzo de 1948 y que fue bendecido la tarde anterior por el obispo Francisco Barbado Viejo en la capilla de las Úrsulas, junto con El Prendimiento de Damián Villar, quien se impuso en un concurso público para obtener el encargo.
Villar es también el autor del actual Cristo de la Agonía de la Seráfica Hermandad. Recoge Hernández que fue el encargado de tallar el Cristo del Perdón del cofradía del mismo nombre, filial de la hermandad hoy centenaria, que dejó de salir en 1959 y no volvió a hacerlo hasta 1986, hace ahora 40 años. Cinco años antes, en 1981 y con la imagen en desuso procesional, pasó del Perdón a la Agonía, con una capa de betún de Judea mediante, al retirar la Venerable Orden Tercera su permiso para sacar al original de Pérez de Robles ante el mal estado de su cruz.

Esplendor y espíritu
Cien años después de la vez primera, los nazarenos del capirote morado y la túnica blanca volverán a las calles de Salamanca. Un hito que su hermano mayor, Eufemio Dosuna, afronta con “una ilusión tremenda” y con un “compromiso también grande” para “a la altura” de la magnitud este aniversario. Entre los actos de celebración, un emotivo acto de oración en recuerdo de los hermanos que ya no están que, una centuria más tarde, “son ya muchos”.
El Cristo de la Agonía, además, fue escogido este año por la Junta de Semana Santa para presidir el vía crucis del primer sábado de Cuaresma, el pasado mes de febrero. Además, uno de los impulsores de la hermandad, Bernardo Díaz San José, fue el encargado de realizar la llamada de honor en la capilla de la Vera Cruz, gesto simbólico que marca el inicio de la Semana Santa salmantina. Ocho años después de su nombramiento como hermano mayor, Dosuna recibe a Ical en San Benito con la Dolorosa de Montagut y el Cristo de Damián Villar como testigos, para glosar el paso de un siglo ante la devoción de los nazarenos comerciantes.
“Tenemos el recuerdo del esplendor. Éramos una hermandad que, cualquier cosa que necesitáramos, la Junta de Gobierno ponía el dinero necesario, que no importaba cuánto fuera, y estaba a nuestro alcance poder comprar cualquier cosa. De esta forma tenemos cuatro pasos enormes, todos en propiedad de la hermandad, y estamos orgullosos de tener este patrimonio”, reflexiona el hermano mayor, quien presume, a la vez, presume del buen estado de salud de una cofradía con más de 320 miembros, pero con problemas para cargar alguno de sus pasos, precisamente por sus dimensiones.
“Para cargar cualquiera de nuestros pasos necesitamos en torno a los 40 hermanos y ahora es complicado poder llegar a cubrir ese tipo de cargas. Entonces es un honor y un privilegio tener el patrimonio que tenemos, pero es un reto cada año el poder sacarlo a la calle, debido al esplendor que teníamos en nuestros orígenes, y hasta no hace demasiados años. Ya no estamos tan boyantes como siempre”, matiza el hermano mayor.
Habla, aunque reconoce no ser objetivo, de “la mejor virgen que hay en Salamanca”, esa Dolorosa de Montagut, capaz de hipnotizar con su mirada cualquier fría mañana de marzo en la penumbra de San Benito, qué no expuesta al reflejo de la piedra dorada de Villamayor en las calles salmantinas, en pleno esplendor de pasión. Un mensaje transcrito en arte escultórico, pero, convencido, se traduce desde un lenguaje divino. “El momento en que tú sientes algo por una imagen es porque yo creo que algo de espiritualidad debes tener dentro. Por eso se te enciende la chispa”, reflexiona.
En tiempos de consumo rápido, la espiritualidad de la Semana Santa, a menudo, se pone en entredicho. “Esto es algo que tiene que ver con la fe, con la individualidad. Aunque haya gente que se queda solo con la parte más llamativa, no se trata solo de eso. Cada uno lo vive a su manera, pero todos se ven atraídos sin saber exactamente por qué, sienten una especie de llamada, y encuentran la fe en las imágenes que veneran”, explica el hermano mayor, consciente de que pueden cambiar los pasos, pero no el espíritu que representan: exactamente el mismo que movió a los comerciantes 100 años atrás.
