71 Seminci- David Martín de los Santos, director de ‘Un hombre en un puente’: «La vergüenza lleva a muchas personas a ocultar su fracaso»

El director presenta mañana su segundo largometraje, rodado parcialmente en Cervera de Pisuerga (Palencia), una historia sobre el fracaso, la pérdida del hogar y las circunstancias que condicionan las decisiones personales.

El director David Martín de los Santos presenta mañana jueves a las 19.45 horas, su segundo largometraje, ‘Un hombre en un puente’, en la Gala de Castilla y León de la 71 Semana Internacional de Cine de Valladolid (Seminci), que incluirá el homenaje a la actriz Elvira Mínguez, reconocida con la Espiga de Honor. La película, que tendrá su primera proyección ante el público en el festival, se rodó parcialmente en Cervera de Pisuerga, localidad palentina que el cineasta eligió por su carácter genuino, sus soportales y su imagen de pueblo del interior.

La historia sigue a Andrés, un hombre que pierde la estabilidad profesional y se queda sin hogar, por lo que decide regresar al lugar del que se marchó años atrás. A través de ese retorno, Martín de los Santos plantea preguntas sobre la responsabilidad individual, las circunstancias que conducen al fracaso y la vergüenza que puede llevar a una persona a ocultar su situación. La vivienda aparece así vinculada a una reflexión más amplia sobre los lazos personales, las raíces y la necesidad de encontrar un espacio propio, tanto material como emocional.

En esta entrevista, el director explica cómo encontró en Cervera el escenario que buscaba, reivindica la importancia de rodar en lugares con personalidad y reflexiona sobre una historia que, según reconoce, nació de manera intuitiva y fue adquiriendo significado durante el proceso de escritura.

 

¿Por qué decidió que la historia transcurriera en Cervera de Pisuerga? ¿Conocía la localidad antes de preparar la película?

No tenía un vínculo personal con Cervera, no soy de allí ni tengo familia en la zona. Cuando empezó a surgir la historia, visualicé la calle Mayor, los soportales y un pueblo que no llegase a ser una ciudad de provincias, pero que tampoco fuese demasiado pequeño ni turístico. Buscaba un lugar reconocible como pueblo del interior de España. Tenía como referencia ‘Calle Mayor’, de Juan Antonio Bardem, una película que me gusta mucho. A partir de ahí empecé a pensar en esos espacios y en la huella que han dejado determinados cineastas al retratar la realidad española. Después fui buscando localizaciones y haciendo kilómetros hasta que llegué a Cervera. Me pareció ideal porque conserva la textura de un pueblo antiguo y tiene esa huella de su pasado minero. Fue un descubrimiento intuitivo, pero encontré lo que estaba buscando.

 

¿Qué aportan el paisaje y el entorno de la Montaña Palentina a la historia?

Quería un lugar genuino, que tuviese una cierta profundidad y algo de esa España del interior. En algún momento me propusieron otros escenarios, incluso rodar en Andalucía, pero yo quería un sitio más sobrio, con una luz y un carácter diferentes. El entorno de Cervera me daba precisamente eso: un paisaje interior, pero también hermoso. Hay algo que me interesaba especialmente: el protagonista vuelve a su tierra, un lugar del que había renegado y del que había huido. El primer sitio al que va es el embalse de Ruesga, donde se refugiaba en su juventud con sus amigos. Para mí tenía ese significado, el de regresar a un espacio asociado a una etapa anterior de su vida. Aunque ese sentido no se explique de manera explícita en la película, estaba presente cuando construimos la historia.

 

Rodar en una localidad como Cervera también permite alejarse de los escenarios urbanos habituales. ¿Qué importancia tiene elegir bien las localizaciones?

En mi caso busco lugares peculiares, genuinos, que tengan personalidad. Sin embargo, las decisiones de rodaje no dependen únicamente de criterios creativos. Los diseños de producción condicionan mucho y hay territorios que ofrecen incentivos fiscales o facilidades que atraen a las productoras. Eso puede hacer que te propongan rodar en otros lugares. En esta película también me plantearon alternativas, pero yo quería rodar en Castilla y León porque ya había encontrado el sitio y me había enamorado de él. Las ayudas y las condiciones de producción forman parte de un encaje complejo y pueden influir en las decisiones. No he hecho un estudio sobre cuántas películas se ruedan aquí, pero tengo la impresión de que no son tantas como podrían ser. En este caso, además, había compromisos vinculados a la financiación y al apoyo de Canal Sur, que también condicionaban parte de la producción. Aun así, tenía claro que quería conservar la localización que había imaginado. En mi película anterior, ‘La vida era eso’, rodé en el Cabo de Gata, un lugar con el que sí tenía un vínculo personal. Cervera ha sido una experiencia diferente, descubrir un lugar que no conocía y comprobar que encajaba con lo que necesitaba contar.

 

La película plantea una pregunta incómoda, ¿hasta qué punto una persona es responsable de su caída y hasta dónde es víctima de sus circunstancias?

No creo que haya una respuesta definitiva. Para mí es un cine de preguntas, como ocurre en la vida. La palabra «paradoja» es importante en esta película porque está llena de ellas. Intentamos comprender las cosas, encontrar respuestas, pero a veces no las hay de una manera concluyente. Dos posiciones que parecen contradictorias pueden ser válidas al mismo tiempo. Por supuesto que existe una responsabilidad individual y que somos responsables de nuestros actos. Pero también hay circunstancias que nos condicionan. A veces, en nuestra sociedad, cuesta asumir la responsabilidad y podemos caer más en el victimismo. En realidad, creo que somos responsables y víctimas al mismo tiempo, aunque la proporción sea diferente en cada persona. La película tiene muchos matices y muchos grises. No pretende ofrecer una respuesta cerrada, sino plantear esa exploración y dejar que cada espectador interprete lo que ve. Me interesa que la gente pueda acercarse a la historia desde experiencias y puntos de vista diferentes.

 

Uno de los temas centrales es la dificultad de acceder a una vivienda y la realidad de quienes terminan viviendo en un coche o una furgoneta. ¿Cómo llegó a esa historia?

Es un problema que está ahí desde que tengo uso de razón y que, lamentablemente, cada vez es más visible. La historia surgió de una manera intuitiva, ha sido casualidad todo lo que está pasando en la actualidad. Imaginé a alguien que se marcha de su pueblo, como parte de ese proceso de abandonar el hogar y buscar una vida diferente, y que años después tiene que regresar porque se ha arruinado. En ese regreso hay una cuestión importante, el protagonista oculta lo que le ha ocurrido por vergüenza. Se aísla para no tener que compartir su fracaso con los demás. A partir de ahí empecé a investigar y encontré casos de personas que habían vivido en un coche durante un año y que, por no preocupar a su familia, mantenían esa situación en soledad. También conocí la historia de alguien que no regresaba a su pueblo porque le avergonzaba mostrar que había fracasado. Durante el proceso de escritura, además, llegó la pandemia. Una conocida vivía en una furgoneta con otras personas y la Guardia Civil no les permitía permanecer allí durante el confinamiento. Me pidió que les dejara una casa familiar en Cabo de Gata y acabaron quedándose durante todo ese periodo. Entre ellos había una persona parapléjica y se creó una relación muy bonita. Fueron muy generosos y se pusieron a pintar y arreglar cosas de la casa. Esa experiencia inspiró parte de la dimensión más luminosa de la película, especialmente el encuentro con el personaje de Liliana. Porque, junto a la dificultad material de tener una vivienda, está lo que significa disponer de un hogar en términos emocionales.

 

De hecho, en la película el hogar no parece ser únicamente una cuestión de tener un techo. También están la familia, los amigos y los vínculos que el protagonista dejó atrás.

Para mí el hogar tiene una dimensión física y otra emocional. En la película están representadas a través de la exnovia, el amigo de juventud o el hermano del protagonista. Son personas que forman parte de ese hogar emocional al que regresa cuando las circunstancias le obligan a volver. El hogar es la necesidad de encontrar un lugar donde pertenecer, donde poder permanecer y encontrar un poco de paz y tranquilidad. Vivimos en tiempos muy inestables, en los que las estructuras que antes nos servían de referencia parecen diluirse. El filósofo Zygmunt Bauman hablaba de esa modernidad líquida, en la que nada permanece y todo se consume. Eso afecta también a la manera de relacionarnos y de establecer vínculos. Por eso me interesaba que la historia no se quedara solamente en la cuestión económica. La dificultad para acceder a una vivienda es una realidad material, pero también nos obliga a pensar qué significa tener un lugar propio y qué ocurre cuando perdemos las referencias que nos permitían sentirnos parte de algo.

 

La vergüenza lleva al protagonista a ocultar su situación. ¿Le interesaba especialmente mostrar esa soledad que acompaña al fracaso?

Sí. La vergüenza es uno de los elementos que pone en marcha la historia. El protagonista se ha arruinado, pero no lo comparte con los demás. Esa dificultad para reconocer lo que le ha pasado hace que se aísle. En los casos reales que fui conociendo también aparecía esa idea: personas que vivían en una situación muy complicada y que preferían no contárselo a su familia para no preocuparla o para no tener que mostrar su fracaso. Me interesaba explorar cómo alguien puede encontrarse en esa situación y cómo, al regresar, busca recuperar algo de lo que dejó atrás. Vuelve a lugares y personas de su pasado para comprobar si todavía pueden ser habitables, si aún puede encontrar ahí un espacio para él. Hay un haiku de Mario Benedetti que descubrí durante el proceso de escritura y que resume muy bien esa idea: «La golondrina cuando vuelve a su pasado no encuentra vida». Esa imagen conecta con la película y con la dificultad de regresar esperando encontrar intacto aquello que abandonamos.

 

La película cuenta con un reparto formado por actores como Roger Casamajor, Belén Cuesta, Juanfra Juárez o Font García. ¿Cómo ha sido trabajar con ellos?

Ha sido un privilegio. Me gusta mucho trabajar con los actores y mi cine pone el foco en los personajes. A partir de ahí se construye todo lo demás. Es un cine de personajes, en el que se dialoga mucho y los actores son quienes sostienen principalmente la historia. Cada actor y cada actriz tiene su manera de trabajar, pero cuando cuentas con intérpretes buenos disfrutas del proceso. En esta película también ha participado algún actor no profesional, como el hombre que interpreta al pastor, y ha sido una experiencia muy satisfactoria. Hemos disfrutado del trabajo y estoy contento con el resultado.

 

La Seminci ya acogió ‘La vida era eso’, su anterior largometraje. ¿Qué significa volver ahora al festival con una nueva película?

La Seminci es uno de los festivales más importantes y prestigiosos, especialmente por su selección cinematográfica y por la calidad de las películas que reúne. Siempre ha estado dirigida por gente con un criterio muy fino a la hora de seleccionar los trabajos. Con ‘La vida era eso’ estuvimos en el festival durante la pandemia, después de haber estrenado en Sevilla. Volver ahora es una alegría. El cine que hacemos está hecho con el alma y es importante poder compartirlo en un marco como este.

 

El jueves la película se proyectará por primera vez ante el público. ¿Qué espera de esa reacción?

Es un momento delicado, de exposición total. Tienes nervios porque llega el momento de la verdad y te preguntas qué va a ocurrir. También hay mucha curiosidad por saber hasta qué punto la película llega a la gente y le toca. Hemos hecho algunas proyecciones privadas y las sensaciones han sido buenas, pero luego cada público es diferente. Es una película con muchos grises y aborda cuestiones delicadas. Está hecha buscando la verdad, aunque a veces esa verdad sea agradable y otras no. El objetivo es que la gente pueda hablar de todo y que la historia consiga llegarle.

 

La proyección se enmarca en la Gala de Castilla y León, en la que se entregará la Espiga de Honor a Elvira Mínguez. ¿Qué supone compartir ese espacio?

El marco es ideal. Nunca he estado en esta gala y me parece un honor poder presentar la película en la Seminci y compartir ese momento con la gente del cine. Elvira Mínguez es una actriz maravillosa, así que es un gusto poder celebrar el estreno junto con su homenaje.

 

‘Un hombre en un puente’ es su segundo largometraje, después de ‘La vida era eso’. ¿Qué inquietudes siguen presentes en su cine?

Con el tiempo uno madura y es más consciente, pero sigo siendo prácticamente el mismo, un poco más mayor. Hay temas que vuelven a aparecer. En las dos películas hay personajes que buscan sus orígenes y un lugar al que pertenecer. En ‘La vida era eso’ esa búsqueda era más indirecta, a través de una mujer española emigrada en Francia. En ‘Un hombre en un puente’ es más directa, porque el protagonista regresa al lugar del que se marchó. También me interesa el encuentro entre personas diferentes y las relaciones asimétricas, esos momentos en los que, a pesar de nuestras diferencias, descubrimos algo que compartimos. Creo que el cine puede ser un espacio para reconocer lo que tenemos en común. Me gusta ver cómo personas diferentes se encuentran, crecen y evolucionan a través de esa relación. No sé si volverá a aparecer en mis próximas películas, pero es algo que me interesa mucho y que está presente en estas dos historias.

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