Gaudí y las afortunadas casualidades: la huella de Botines y el Palacio Episcopal

El Papa visita la Sagrada Familia por el centenario de la muerte del afamado arquitecto catalán, quien llegó a Astorga gracias al nombramiento como obispo de su amigo Juan Bautista Grau

“Quizás el Gaudí más interesante es el que surge lejos de su hogar, de su zona de confort, que se aleja de su clima mediterráneo, de sus proveedores y materiales más habituales; y que tiene que hacer frente a nuevos retos. Aquí no lo tenía todo tan fácil, es un Gaudí muy atractivo a nivel arquitectónico”.

El director general de Fundos, José María Viejo, responsable de la entidad que gestiona el Museo Casa Botines Gaudí, habla desde la posición de quien conoce la huella más profunda del artista catalán, tanto en su lugar habitual de residencia, en Barcelona, donde dejó la mayor parte de su extensa obra, como fuera de la región, la cual llegó, principalmente, a León, con Botines, y a Astorga, con el Palacio Episcopal, además de Comillas (Cantabria), con la vivienda de verano conocida como ‘El Capricho’, y la parte que diseñó para la finalización de la Catedral de Palma de Mallorca, quizás su trabajo más desconocido fuera de Cataluña.

 

 

Ahora, cien años después de su muerte, que se cumplen hoy, 10 de junio, el Papa León XIV visita la Sagrada Familia en honor a este Año Gaudí. En esta seo, la obra magna del arquitecto, ofrece esta tarde una misa que el propio pontífice preside. Tras la misa, el pontífice inaugura la torre de Jesucristo, la más alta del templo, lo que añade todavía más expectación a la jornada. Precisamente, es necesario recordar que Gaudí llegó por primera vez a la provincia de León, en concreto a la ciudad maragata, de la mano de la Iglesia.

Cronológicamente, la primera obra es el Palacio Episcopal de Astorga, que surge por un encargo personal de un amigo de su infancia, Juan Bautista Grau y Vallespinós (1832–1893), que acababa de ser nombrado obispo de esta Diócesis, y que “llama a Gaudí porque se había producido un incendio devastador que calcinó el anterior Palacio Episcopal y se inició el proceso para uno nuevo”, tal y como relata el actual director del mismo, Víctor Murias, en declaraciones a Ical.

 

 

Es aquí donde comienza una larga y extensa historia de “afortunadas coincidencias” que concluyen con la construcción tanto del palacio astorgano como del edificio Botines a finales del siglo XIX, una obra que acomete tras haber realizado ya El Capricho, en Comillas (Cantabria), una construcción de veraneo para Máximo Díaz Quijano, abogado de Antonio López, primer marqués de la población costera. Y que cuyo proyecto lo desarrolló en paralelo con la Casa Vicens, en Barcelona. Ambos fueron sus dos primeras casas residenciales.

Así, el arquitecto responde a la llamada de su amigo Grau y llega a Astorga, ciudad que recientemente le ha rendido homenaje con una escultura en los jardines del Palacio. “Era la primera vez que le encargaban una residencia episcopal. Él pide información sobre la ciudad, pero cuando llega ve que no era lo que había pensado, pues estaba al lado de una catedral y de una muralla, con lo que concibe un diseño a la altura”, expone Murias, quien enumera el uso de piedra, granito de la cantera de Montearenas, en el Bierzo, pizarra gallega y ladrillo y alfarería de Jiménez de Jamuz. Con esos materiales, elabora un proyecto “novedoso y sorprendente” que “juega a estar a los pies de la Catedral y sobre las murallas”, con lo que “intenta hacer un edificio diferente pero que al mismo tiempo dialogue con los otros dos”.

Para un edificio de esta relevancia, Gaudí necesita contar con el apoyo del obispo. La obra arranca en 1889 y Grau fallece repentinamente en 1893. A su muerte, el arquitecto “no se siente cómodo” con el resto de la curia, y “no existe el entendimiento que había con su amigo, con lo que se marcha dejando sin terminar la última planta y la cubierta”. Finalmente, se despidió del obispo con el diseño de la lápida y la sepultura en la que está enterrado en la Catedral maragata.

 

 

Creador universal

José María Viejo es uno de los mayores conocedores de la figura del artista. A pesar de dirigir la Fundación que gestiona el edificio Botines, matiza que no utiliza la “categorización en función de la localización, porque es un modelo inaplicable, igual que no se habla de la obra de Eiffel fuera de París”.

“Con Gaudí ocurre lo mismo, es un creador universal, uno de los máximos exponentes de la historia de la arquitectura, probablemente el más importante de todos los tiempos, y que desarrolló su trabajo en Barcelona resultado de dos factores: la dificultad de construir con su metodología en el siglo XIX, que implicaba materiales, artesanos y proveedores que eran difíciles de lograr en otros territorios, y porque allí contó con un gran mecenas, el Conde Güell, uno de los más acaudalados. Eso explica que construyera muy poco fuera de su ámbito natural”, apunta.

Y en ese contexto surgió el edificio Botines. Gaudí acudió a León tras su paso por Astorga y, de nuevo, por un cúmulo de casualidades. En la ciudad residía Joan Homs y Botinás, apellido que luego se castellanizó. Eran herederos y continuadores de una industria textil catalana establecida en la capital a mediados del XIX y que huían de las Guerras Carlistas. Esta familia fue quien encargó la construcción del actual edificio. “Pero la conexión con Gaudí es doble”, prosigue Viejo, quien recuerda que los empresarios Mariano Andrés, que fue alcalde de León, y Simón Fernández, que se casó con la hermana de Homs, regentaban un establecimiento textil en la Plaza Mayor y compraban tejidos a Industria Güell, a la sazón el gran mecenas de Gaudí.

“Ambos acudían a Barcelona un par de veces al año para seleccionar las telas, paños, tafetanes, lanas… y eran también distribuidores para todo el noroeste”, señala. En paralelo, Mariano Andrés tenía un negocio proto bancario de letras y pagarés y era delegado del Banco Hispano Colonial de Barcelona, cuyo presidente era, precisamente, Antonio López, marqués de Comillas, otra afortunada casualidad.

Los dos empresarios, en sus viajes a la Ciudad Condal, habían conocido el Palacio Güell, “de la emergida burguesía industrial, que hacía ostentación con grandes casas palaciegas”. Todo este cúmulo de coincidencias casi les obliga a pedir referencia del arquitecto de ese edificio; y surge el encargo a Gaudí, que firma los planos para un terreno extramuros en León, pues el área metropolitana estaba circunscrita a la zona amurallada.

“El edificio se construyó en diez meses, pero la obtención de la licencia se alargó siete años. Los terrenos estaban sobre una ciénaga, pantanosa, y lo primero que acometió fue la estabilización del edificio”, señala Viejo, quien sostiene que se desarrolló entre 1892 y 1893 y se inauguró en septiembre de ese año. En ese tiempo se traslada la tienda de Mariano Andrés y Simón Fernández desde el número 8 de la Plaza Mayor a los bajos de la nueva dirección.

En León, además, Gaudí se sentía muy cómodo, continuando con las afortunadas casualidades, porque era “muy amigo” de un canónigo de la Catedral, Cayetano Sentís i Gran, procedente del pueblo de la madre del arquitecto, Riudoms, en Tarragona, con lo que solía descansar en su residencia.

 

Uso de Casa Botines

A lo largo de sus 130 años, el edificio ha tenido un uso estrictamente privado. Primero comercial y luego residencial. De hecho, los últimos vecinos lo abandonaron a finales de los 90. Cuando la Fundación Fundos recibe su titularidad, la construcción era una “herida en medio de la ciudad, varado en el tiempo y abocado a una degradación inexorable”. “Para nosotros era un motivo de honda preocupación dotarlo de un sentido, activarlo y ponerlo a disposición de la sociedad”, rememora Viejo, quien recuerda que en abril de 2017 se abrió al público pero fue dos años después cuando lo hizo como museo.

“Teníamos que tomar la decisión más compleja y costosa, convertirlo en un museo. Podíamos haber elegido mantenerlo como visitable, como Batlló o Vicens, que es menos costoso e igual de rentable. Pero no dudamos. Quizá más que crear un museo lo descubrimos, porque ya tenía su propio relato”, manifiesta el director general de Fundos, quien “siempre identifica al edificio como la primera pieza de la colección”. A partir de ahí empezó un trabajo que califica como “fascinante y complejo” y que requirió la “mayor inversión privada de las últimas décadas en Castilla y León”, con más de ocho millones de euros.

Actualmente, es el museo privado más visitado y el gran proyecto en su ámbito, con más de 140.000 personas al año, casi 700.000 desde su apertura. De los 14 edificios visitables de Gaudí, con 18 millones de personas, más de cinco llegan a la Sagrada Familia, una cifra que sitúa al arquitecto como “una de las grandes marcas y activos culturales y turísticos globales en España”.

Tanto Botines como el Palacio de Astorga forman parte del Consell Gaudí, un órgano asesor de la Generalitat de Cataluña, y existe un convenio de colaboración con la Sagrada Familia. Resultado de ello es la nueva exposición temporal de este año, con motivo del Año Gaudí, que se inaugura el 2 de julio, ‘Gaudí, la ciudad moderna’, de producción propia, comisariada por el graduado en Historia del Arte y jefe de Colecciones y Exposiciones de Fundos, Carlos Varela, y Luis Gueilburt. En la muestra, gracias a esta colaboración, se podrán visualizar piezas de la Sagrada Familia.

Además, ambas instituciones acudirán el 10 de junio a Barcelona a la visita del Papa. Y el 25 de junio está prevista la presentación de nuevos espacios públicos en Botines y las cuatro plantas renovadas. Todo enmarcado, señala, en un “año trascendental del proyecto”, con el objetivo de “generar un museo de futuro, el que merece un creador de la talla de Gaudí y uno de los proyectos culturales más significantes y dinámicos de Castilla y León”.

“Yo siento amistad espiritual con Gaudí, lo considero como una persona cercana. Me gustaría verle contemplando el proyecto en Botines, aunque seguro que le parecería algo más desmesurado que lo que él creó para viviendas. Pero esa posibilidad ya se nos escapa e intentamos hacer el proyecto más honesto y de mayor impacto y valor social, que es el cultural. Y ese es nuestro empeño”, relata Viejo a Ical.

 

El Gaudí más desconocido

Precisamente, Carlos Varela, comisario de esta nueva exposición, aporta el mayor conocimiento del Gaudí más desconocido: “Queremos proponer algo nuevo y no la típica exposición sobre él, sino sobre los proyectos desarrollados durante su carrera en el contexto de ciudades modernas, transformadas en el siglo XIX, una época en la que aparece el gas, la electricidad o el saneamiento de aguas, en los que el arquitecto tuvo mucho peso”, resume.

Se trata de ese Gaudí “urbanista, que diseña farolas, las primeras de gas de Barcelona, y calles que son paseos de energía eléctrica”. Consigue llevar el agua corriente a diversas áreas de Barcelona y Cataluña. Por ello, se expondrán piezas de forja, hierro, cerámica, muebles diseñados por él, pomos de puertas, trencadís…, unas 150 piezas que “intentan explicar su método y punto de partida de trabajo”. “En él nos queremos centrar, en el mobiliario urbano, los espacios públicos, todos en Cataluña, y dedicamos un apartado a la arquitectura doméstica, sobre todo en Botines, como paradigma del resto de casas urbanas que va a desarrollar”, sostuvo. Fue, continuó Varela, la “primera casa de vecinos moderna, basada en el ensanche de Barcelona”.

A su juicio, Botines es el “modelo, el paradigma del resto de residencia de casas urbanas que va a construir más adelante”, frente al Capricho o Vicens, que “no eran bloques, sino para una familia o una persona, que no tiene nada que ver con 15 viviendas y bajos comerciales o las condiciones de agua corriente o inodoros”. De hecho, Botines fue el primer edificio de León que tuvo estas condiciones “tan modernas”.

Varela recordó que Gaudí siempre trabajaba “para solucionar un problema arquitectónico”, por lo que “se enfrenta a cada edificio sin una idea preconcebida, con una reflexión profunda sobre el encargo que recibe, conoce a los promotores, para que sea una arquitectura parlante, que exprese los gustos de la persona que lo encarga; y estudia también el entorno, su urbanismo, edificios de alrededor e incluso el clima. “Por eso lo que construye en León es tan diferente a lo de Barcelona”, esgrime.

En este sentido, remarca que Gaudí llega por primera vez a León en 1789, año en que se registró una gran nevada, “según recoge la prensa”, y “en base a eso construye”. “No puede utilizar cerámica o trencadís, como en Cataluña, materiales que mantenían el frescor en climas mediterráneos. Aquí utiliza madera principalmente para mantener el calor. Es una de las grandes enseñanzas que nos dejó, en ser capaz de buscar la mejor solución arquitectónica al problema que se presenta en casa espacio y cada lugar”, subraya Varela.

En León, se fija en el clima, pero también en todo lo que rodea el terreno en el que se asentará Botines. El Palacio de los Guzmanes enfrente, cerca de la Catedral y San Isidoro detrás, con una fuente del siglo XVIII al lado. Frente a ello, en Barcelona, donde construye, “no había nada, eran solares vacíos, sin referencia”. “El Paseo de Gracia se hace en esa época, a finales del siglo XIX, con lo que puede utilizar un lenguaje diferente”. “Era un arquitecto con un estilo personal, pero no era una persona que utilizara su lenguaje allá donde iba, sino que buscaba la integración en el contexto”.

Carlos Varela se muestra crítico sobre las enseñanzas del afamado arquitecto. “No hemos aprendido nada, si te soy sincero. Queda su obra pero, ¿qué ha aprendido el ciudadano del siglo XXI? Nada, y es la pena. Para ello debería servir este Año Gaudí, para permear en lo que nos enseñó. Desde el Museo Casa Botines creemos que estamos ante la oportunidad de reflexionar sobre esto, no tanto explicar a Gaudí, que la gente ya lo sabe, sino qué podemos aprender de todo esto”, sentencia.

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